Milena – Brasil

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Me llamo Milena, y nací el 03/12/1978. En ese mismo día, necesité de una transfusión de sangre. Qué yo no sabía es que la misma transfusión que salvó mi vida hizo con que yo pasase 18 años “durmiendo con el enemigo”.

Cuando yo tenía 14 años de edad, mi madre pasó por una cirugía de corazón (eso fue en el inicio de 1993, seis meses después de la muerte de mi padre), y quedamos adeudando varios donadores para reposición. Por aquel entonces, prometí que cuando completase 18 años, haría mi primera donación de sangre. E hice, ya que la regla dice que la última transfusión recibida por el donador necesita haber ocurrido hace más de 10 años.

El problema fue lo qué pasó después. Fui llamada al hemocentro, donde fui trancada (por dentro) en una sala con una enfermera que me hizo un cuestionario donde no había una pregunta siquiera sobre transfusiones de sangre. Eso es, con mi madre aislada en otra sala (la misma madre que había operado el corazón cuatro años antes, y que podía haber tenido problemas serios por cuenta del susto). Por lo menos, mi madre ya estaba bien, pues cuando abrí la puerta, mi mamá ya estaba intentando derribarla a puntapiés…

La noticia que la enfermera me dio: mi Anti-HCV había dado positivo.

En la época, tenía 18 años de edad, y estaba en el segundo año de la escuela de ingeniería. Siguiendo el consejo de la enfermera, fui al Hospital de las Clínicas. Allá, me dieron la noticia “formidable” de que yo necesitaría me “tratar en Estados Unidos, pues no hay tratamiento en Brasil”. Claro que yo entré en paranoia pensando que estaba para morir en los próximos meses.

Quien me salvó de la paranoia fue un cardiólogo, con quien mi madre tenía consulta en aquel mismo día. Él me indicó el médico que me acompañó durante el tratamiento y a quien yo agradezco para siempre por la serenidad y por el optimismo. La primera providencia fue pedir un PCR cuantitativo (en la época, examen caro y disponible apenas por medios particulares), acompañado de otros exámenes de sangre. El PCR vino marcando 1.000.000.000 genomas víricos por ml.

Con ese resultado, fuimos para la biopsia (tuve la suerte de tener un pariente “bien de vida” que me ayudó financieramente en ese proceso todo). El resultado fue aquella clásica fibrosis grado 2. Mi médico pidió que empezase luego el tratamiento.

Tomé interferón convencional y ribavirina durante 18 meses. Pasé casi mitad de mis estudios superiores viviendo entre el miedo de morir de la enfermedad (hasta empezar el tratamiento) y los efectos secundarios de los medicamentos. Mi peso se cayó de 62kg para 53kg (tengo 1m70, lo que significa que flirteé con la anorexia gracias a los medicamentos). Aplicar las inyecciones 3 veces por semana era difícil, pero yo pensaba en mi mejor amiga, diabética, que tenía que tomar tres inyecciones diarias de insulina, y tragaba garganta abajo las ganas de reclamar porque el problema de mi amiga era mucho peor que el mío. El mío, por lo menos, tendría fin. El de ella, era para toda la vida.

Ahora viene la parte buena de la historia: en el primer PCR que hice, después del tercer mes de tratamiento, yo ya estaba sin el virus. Pero optamos por continuar así mismo. Terminé el tratamiento, me gradué y empecé a trabajar. Recuerdo hasta hoy de cuando resolví hacer otro examen en el lugar del PCR, el TMA, que es extremadamente sensible. Eso fue más o menos 4 años después del fin de mi tratamiento. El examen no acusó presencia de genomas víricos.

Estoy con 31 años, y ya estoy hace unos 12 años sin el virus. A lo que parece, mi daño hepático mejoró. Continuo abstemia como siempre fui (pero sin radicalismos: en aquellos momentos especiales de familia, tomo una taza de vino). Nado 2.000 metros por día, hago clases de danza de salón, ando mucho, trabajo lo suficiente para no acabar con mi calidad de vida. Adoro feijoada brasileña (plato que está para mí como la lasaña está para Garfield). En fin, soy normal. Creo que vencí el virus.

¡Y deseo esa victoria para todos!

Carlos Varaldo
www.hepato.com
hepato@hepato.com 


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