José Luiz – Brasil

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VENCÍ LA HEPATITIS C – Brasil
(Historia de una victoria personal)

Soy médico ortopedista, graduado hace 33 años.
Soy socio de dos clínicas en la Barra de la Tijuca, en Río de Janeiro. Tengo un buen trayecto profesional.
Hace 3 años, a fin de dar movimiento a mi vida profesional, me matriculé en la Unigranrio, para hacer una postgraduación en osteopatía, una técnica interesante que trata de las disfunciones articulares.
Volví a estudiar mucho.
Las clases prácticas eran realizadas con todos en ropa de baño, para que las maniobras pudiesen ser mejor realizadas entre los alumnos.
Casi en la mitad de curso empezaron a surgir heridas en mis brazos y en mis manos, que acabaron se proliferando y dando un aspecto bastante agresivo.
Sentía mucho dolor.
Veinticuatro horas de dolor.
Empecé a me quedar extremadamente constreñido en participar de las clases prácticas. Era desagradable manipular los colegas, con todas aquéllas heridas a muestra.
Pasé a usar artificios para intentar esconderlas, con camisas de manga larga y abrigos. También intentaba al máximo fugarme de las clases prácticas.
Bebía mucho en esa época.
Pasé a hacer deducciones confusas para entender la razón de todo cuanto estaba aconteciendo conmigo.
Las heridas aparecían principalmente en las manos y pensé que podría tener un componente psicológico.
Un tipo de auto-agresión, un auto-flagelo.
Mismo recibiendo mucha solidaridad de mis compañeros y profesores, acabé abandonando el curso.
Siempre fui muy alérgico, con el foco principal en la piel.
Soy atópico. La atópia es una entidad patológica con intenso componente emocional. Cerca del 90% de los síntomas son somatizaciones.
El atópico somatiza todo lo que interfiere en su vida, y mi piel siempre fue un karma.
Una amiga dermatóloga hizo una biopsia en una de las heridas, y el resultado fue “pénfigoide boloso”. Una derivación del “pénfigo”, conocido como “fuego salvaje”, que suele cubrir el cuerpo entero de heridas. Pasé a usar cortisona, cloroquina, y fluoxetina.
Continué a beber cerveza.
No había ninguna mejora. Además de las heridas, pasé a tener manchas oscuras por el cuerpo todo.
Por insistencia de un amigo, procuré otro dermatologo, que después de un minucioso examen, me dijo constreñido:”Esto es porfiria, y puede haber venido de una hepatitis C.”
Llevé un susto.
Rehice la lectura del examen anatomopatológico con otro patólogo.
El diagnóstico de porfiria fue confirmado.
Hice exámenes de laboratorio más amplios y biopsia del hígado.
Diagnóstico: Hepatitis C crónica en actividad.
De los males el menor; no tenía cirrosis.
El genotipo de mi virus era 3, considerado lo más blando y qué mejor responde al tratamiento.
Imaginé tener esa hepatitis hace unos treinta años, quizá por alguna contaminación en los plantones de las emergencias al atender a accidentados.
Paré de beber completamente.
Empecé el tratamiento con interferón semanal y ribavirina.
Fui avisado de la agresividad del tratamiento,
Los efectos de la medicación son semejantes a los causados por la quimioterapia y por el cóctel de medicamentos usados en el SIDA.
Ya tenía adelgazado mucho y mi debilidad muscular se acentuó. Mi palidez era visible, todos comentaban, incluso los pacientes.
De ellos, una señora, me preguntó durante la consulta si yo era seropositivo.
En aquel momento huí del consultorio y me refugié en casa.
Estaba arrasado,
Los dolores no me dejaban dormir más de dos horas por noche.
Fue un período personal y profesional muy difícil.
Las heridas desaparecieron completamente, de repente, como un milagro,
Pero solo aguanté el tratamiento hasta la novena dosis.
Tuve una alergia de piel en la región genital, que se complicó por mí baja inmunidad.
La alergia acabó se transformando en infección, llevándome a dos neumonías y una tisis.
Me interné con un cuadro clínico de septicemia.
Me quedé un mes en el hospital.
Mis hijos y mis hermanas no me dejaron un minuto siquiera.
Sufrieron mucho.
Ellos quizá ni imaginen, pero fui salvo por ellos.
No tengo dudas de eso.
Cada vez que pensaba en ellos lloraba.
Era incontrolable.
La gratitud que siento es indescriptible.
La familia es un puerto siempre a espera de un barco.
Eran tantas bacterias en mi organismo, que todo día crecía más una leva.
Los médicos no conseguían llegar a un consenso en el diagnóstico, e imagino que haya sido salvo por ahogamiento de bacterias que no aguantaron la cantidad de antibióticos inyectada en mí.
Adelgacé más diez quilos.
Durante la internación fui invadido por agujas, gomas y catéteres.
No tenía fuerza ni para me bañar solo.
Cuando mejoraba un poco, bajaba para un café en la cantina.
Era tanta felicidad, que yo me sentía cual si hubiese ido a la playa.
En esos momentos usted se siente completamente nadie. Usted no es nada.
Yo me consideraba muy humano en mi profesión.
Me humanicé más.
Finalmente salí del hospital.
Estaba muy debilitado,
No conseguía abrir una botella de Coca Cola.
Me sentía perdiendo la guerra contra la enfermedad.
Inicié el tratamiento de la tisis y dos meses después volví al trabajar diariamente, en un ritmo bien menor. Después de 127 inyecciones, y 10 pastillas diarias por seis meses, fui declarado curado de la tisis.
Mi aspecto físico ya estaba mejor.
El juego contra la hepatitis C estaba empatado.
Después de algunos meses, reinicié el tratamiento de la hepatitis.
El mismo interferón y la misma ribavirina.
Seis meses de tratamiento, 24 dosis.
Perdí lo que aún quedaba de musculatura.
Tomaba el interferón todo miércoles en mi propia clínica y los empleados ya sabían. Mi humor se transformaba, yo me tornaba impaciente, estresado y reñía por cualquier motivo con cualquiera que sea.
Era incontrolable.
El cansancio era descomunal. Varias veces tuve que dejar la clínica en medio a la tarde y volver para casa.
Solo quería dormir.
¡Terminé el tratamiento!
!Vivo!
Mi carga vírica se mantuvo en CERO. Y continúa así. Todos los exámenes ya están se normalizando. Las drogas que entraron por 3 años en mi organismo, van a empezar a salir.
Voy a mejorar más a cada día
Me siento todavía un poco cansado pero ya tengo defensa orgánica.
Estoy curado.
Ganaré el juego contra la hepatitis C.
En ésos 3 años de enfermedad, perdí peso, músculos, tiempo y quizá algunas oportunidades.
Además del sufrimiento casi incapacitante por el cual usted pasa.
Gané paciencia y calma. Mucha calma.
Y todo cuanto perdí es recuperable.
No vi ninguna luz azul,
No me evangelicé, continuo ateo.
Pero una buena persona.
Pienso que hasta que una persona mejor.
Pequeñas cosas ya no me fastidian,
Pequeñas dichas ya me sostienen.
Ahora yo soy un privilegiado.
Resolví me privilegiar.
Y más de lo que nunca el privilegio es mío.
Soy yo.
José Luis

Carlos Varaldo
www.hepato.com
hepato@hepato.com 


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