Kakalo – Luiz Carlos Lago – Brasil

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“Mi hermano,
cada gota de sangre en tu sangre
es sangre buena…”

Peor que no era; no al final de los años 70, donde esa historia empieza. En el coche, iban Kakalo, Inácio y Tupiara, los tres en sus 20 y pocos años, nadie de cinturón de seguridad, qué no era obligatorio (¡ni existía!). En el golpe violento con otro coche que atravesó la carretera y paró, Kakalo fue jugado contra el vidrio, yugular y aorta seccionadas, la vida escapando rápidamente en la hemorragia. Dio la suerte de encontrar una persona solidaria, que abrió lugar en el banco de atrás de su coche y lo llevó para un hospital cerca de la carretera, allí de Sao Gonzalo. Dio la suerte de encontrar un médico adorablemente loco, discípulo de Pitanguy, que creyó en sus pocas posibilidades de supervivencia y capricho en la sutura. Salió de aquélla con bien disfrazados 360 puntos en el rostro y cuello y seis litros de sangre nueva en el cuerpo.

El veinticinco de agosto de 2010. A las 11 de la noche, en choque hipovolemico, causado por una brutal hemorragia digestiva, Kakalo da entrada en el Hospital de la Lagoa en Río de Janeiro. Fue encontrado por la mañana, en Saquarema, y llevado a un hospital de Bacaxá, donde eran nulas las posibilidades de atención. La transferencia para Río de Janeiro sonó a nosotros, sus hermanos, como un alivio. Iba a dar todo cierto. Una vez más – sería la tercera -, Kakalo iba a driblar la “vieja señora”.

Después de las providencias iniciales – que incluyeron la reposición de la sangre pérdida, plasma para combatir la falta de coagulación, noraadrelanina para estabilizar la presión y eñe otros procedimientos -, los médicos levantaron la hipótesis de una enfermedad grave y antigua del hígado. Delante de nuestra perplejidad, preguntaron si él bebía. Claro que sí; era, como nosotros, bohemio. ¡Pero de allí a tener una hepatopatia grave! ¿Pero, quién sabe?. Ninguno de nosotros se recordó del accidente.

En el día siguiente, la hipótesis se confirmó en un diagnóstico más atemorizante: el hígado estaba destruido por el cirrosis; el esófago, tomado por gruesas y frágiles varices; los riñones habían parado. Más perplejidad. Hasta un poco de rabia del Kakalo, que nunca comentó el problema, nunca reclamó de un dolor en el hígado, que nunca dio una información de que estaba mal. Ninguno de nosotros se recordó del accidente.

Como una plegaria, el menor de los hermanos, Mariozinho, hizo un Samba cuya introducción melódica reproducía los sonidos del CTI y los versos llamaban a Kakalo para la vida, exaltando la sangre buena que se sobreponía a la hemorragia.

“Mi hermano,
cada gota de sangre en tu sangre
es sangre buena…”

En los 20 días de internación, no sé exactamente cuando uno de nosotros (que también no sé quien fue) se recordó del accidente y de los salvadores seis litros de sangre de aquéllos idos de 1977. La charada empezaba a ser deshecha.

Hasta 1992, quien se vía obligado a tomar una transfusión o plasma quedaba expuesto a una surtida variedad de virus, del SIDA a las hepatitis B y C. Entraba a un grupo de alto riesgo. Pero nadie sabía de eso; no había control de la sangre donada. Para Kakalo, fue el virus de la Hepatitis C (HCV), que se desarrolló en él como en la mayoría de los portadores: silenciosamente, sin incomodidades, sin señales.

La gran mayoría de los pacientes de Hepatitis C no presenta síntomas; la fase aguda pasa sin sentir. A veces, tiene algo, pero parece una gripe fuerte. Así, más del 80% de los infectados desarrollarán Hepatitis C crónica y sus secuelas. Solo descubrirán al donar sangre o cuando, por alguna razón o suerte, un médico solicitar el examen de Marcadores de Hepatitis. Lo más probable es que el hallazgo solo acontezca junto con las devastadoras complicaciones de la enfermedad, como la cirrosis y el cáncer de hígado.

Esas complicaciones pueden aparecer décadas después de la contaminación y, peor, también se desarrollar lenta y silenciosamente. Cerca del 40% de los pacientes con cirrosis son asintomáticos. Cuando surgen las señales, la enfermedad ya está en fase muy avanzada.

Según el sitio www.hepcentro.com.br, a pesar de los esfuerzos en contener la epidemia, especialmente con la realización de exámenes específicos en sangre donada, la hepatitis C es una amenaza creciente, que exige medidas adicionales de prevención y tratamiento.

No sé cuales las medidas preconizadas por el sitio, pero tengo una sugestión: qué, en la anamnese de sus pacientes, los profesionales de la salud (¿alópatas, homeópatas, dentistas, médicos del trabajo, terapeutas etc.) incluyan a pregunta ‘Tomó transfusión de sangre antes de 1992?’. Sin el cuestionamiento directo, creo ser difícil qué antiguos transfundidos traigan el asunto a baila – quién va a se recordar?; ¿quién va a imaginar qué unas gotas de sangre goteadas en la vena hace 30 años puedan matar?

Pero, si algún antiguo transfundido leyó este texto hasta el fin, aconsejo que procure un médico y solicite el examen de Marcadores de Hepatitis. Es una providencia que vale oro; o vale vida. Kakalo era de poco ir al médico. Pero, seguramente, tendría otra historia si hace cuatro años, cuando sufrió un accidente vascular cerebral y se vio forzado a encarar un tratamiento especializado, el neurólogo hubiese hecho la pregunta qué llevaría al hallazgo de la hepatitis C. Por falta de ella, y a pesar de todo el suporte ofrecido y del empeño de médicos, enfermeros y demás profesionales del Hospital de la Lagoa, Kakalo murió en el día 14 de septiembre, a los 57 años, después de cuatro hemorragias causadas por el cirrosis. Treinta años después, la hepatitis C hizo barullo y cobró la cuenta.

*”¡Fui!” era una expresión característica de nuestro hermano Kakalo, registrado en el nacimiento como Luiz Carlos. ¡Qué nostalgia!

Graça Maria Lago
Río de Janeiro – Brasil

Carlos Varaldo
www.hepato.com
hepato@hepato.com 


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